Cuento macabro
Este cuento se lo oí contar a mi tío Joaquín, allá en Extremadura, hace un porrón de años.
Él lo contaba muy graciosamente, y a su manera, y al final nos reíamos todos en la forma en que se expresaba, recuerdo que él decía sonsoles, no consomé. Yo lo cuento a la mía.
Acaeció un lejano día que a sus oídos llegaron las buenas nuevas que en un pueblo a menos de veinte leguas de por donde transitaba con su recua de mulas, existía una leyenda, según la cual, la gente de aquella villa nunca moría, el cementerio del lugar estaba yermo e improductivo, contaba la leyenda que el enterrador había abandonado el pueblo, huyendo del aburrimiento. El arriero, queriendo comprobar ese idílico hecho, acercose al lugar por insana curiosidad. Dejó sus mulas en el abrevadero, descansando, y se encaminó hacia la tasca, que a la entrada del pueblo, parecía bullir de charangas y voceríos.
Apartó las cortinas hechas de chapas de cerveza y se topó de frente con una celebración.
¡ A saber de que!
En la que corrían por las mesas, butifarras, chorizos, morcillas, costillas, carne magra, tocino, migas con panceta y pimiento rojo y vino, cerveza y una especie de sangría roja, roja, en cubas llenas de hielo y rodajas de limón. Y fue invitado al convite, a participar de aquel ágape con todos los honores, como uno más del pueblo.
En su vida había comido unos chorizos tan tiernos y sabrosos, deliciosamente condimentados, de chuparse los dedos y rebañar el plato con las migas de pan en la salsa sobrante. Y la sangría, sobre todo la sangría, aderezada con alcohol, le ponía el puntito alegre a la parranda.
Se sentía como en su casa. Mejor aún. Tan cómodo se hallaba entre aquella gente, que decidió quedarse. Parecía un lugar de gente amable, sana y agradable y le picaba la curiosidad de desvelar el propósito que le había llevado hasta ese rincón, confirmar o desmentir los rumores que corrían.
Conoció a una mujer que le pareció muy linda, a la que cortejó, amó y vivió un noviazgo de unos meses y con la cual acabó contrayendo matrimonio.
Cada cierto tiempo, en la tasca se celebraban festejos.
De aquel matrimonio nacieron dos hijos mofletudos y coloradotes y la dicha se hacía monotonía, sin nada resaltable, excepto los días de celebraciones en la tasca, cuando todo el pueblo celebraba algún que otro acontecimiento.
Su trabajo como arriero le llevaba estar muchos días alejados del pueblo, en el camino, buscando otros lugares donde trapichear y mercadear sus montones de leña arrancadas al bosquecillo cercano de donde se aprovisionaba para su venta posterior y era por este motivo, por lo que no andaba muy atento a los acontecimientos sociales de su pueblo, a pesar de llevar siete años viviendo en él, aparte de las historias de comadres que le contaban su esposa y su señora suegra, quien acudía a visitarles casi todos los días y mostraba un amor de madre hacia su hija rayando en lo paranoico, permaneciendo cuando el marido no estaba, en su propia casa.
Pero un hecho luctuoso vino a entristecer la dicha del arriero. Su esposa cayó enferma, unas calenturas la habían cogido y se habían ensañado con ella. El marido no se apartaba, ni de día, ni de noche de su lado, y tenía descuidado su trabajo. Un día que el marido vio que una ligera mejoría asomaba a su rostro, partió del pueblo a vender la leña, no sin llevar consigo un atisbo de preocupación en su rostro por el estado desmejorado de su amantísima esposa.
Al regreso, dos días después, no halló a su mujer ni a sus hijos en su casa como era costumbre a aquellas horas, sino que encontró en su lugar a su suegra ,embutiendo carne picada en tripas, la cual al verle aparecer hablole de esta manera:
- Aquí tienes, querido yerno, unos buenos hilos de chorizos y encima de la mesa un consomé para chuparse los dedos. Hoy podremos tener celebración en la tasca.
¡En el pueblo, la gente no se moría, los mataban antes!
Y luego de matarlos, se los comían.
El arriero, horrorizado al oír y ver aquello en boca de la madre de su esposa, la cual adoraba a su hija incluso más que él, decidió escapar del pueblo como alma que lleva el diablo, llevándose consigo a sus dos hijos.
Al cruzar un arrollo, cogió a uno de ellos bajo el brazo y al otro se lo cargó sobre sus espaldas, al tronchín, para de esa manera mejor cruzar al otro lado.
El que iba montado a la espalda, cuando iban a la mitad del charco, exclamó :
- ¡ Qué buen pescuezo tiene padre para hacer consomé !
Y el padre, en ese mismo instante, allí mismo los ahogó a los dos mientras exclamaba:
- ¡ Conque para consomé, eh, para consomé ¡
Él lo contaba muy graciosamente, y a su manera, y al final nos reíamos todos en la forma en que se expresaba, recuerdo que él decía sonsoles, no consomé. Yo lo cuento a la mía.
Acaeció un lejano día que a sus oídos llegaron las buenas nuevas que en un pueblo a menos de veinte leguas de por donde transitaba con su recua de mulas, existía una leyenda, según la cual, la gente de aquella villa nunca moría, el cementerio del lugar estaba yermo e improductivo, contaba la leyenda que el enterrador había abandonado el pueblo, huyendo del aburrimiento. El arriero, queriendo comprobar ese idílico hecho, acercose al lugar por insana curiosidad. Dejó sus mulas en el abrevadero, descansando, y se encaminó hacia la tasca, que a la entrada del pueblo, parecía bullir de charangas y voceríos.
Apartó las cortinas hechas de chapas de cerveza y se topó de frente con una celebración.
¡ A saber de que!
En la que corrían por las mesas, butifarras, chorizos, morcillas, costillas, carne magra, tocino, migas con panceta y pimiento rojo y vino, cerveza y una especie de sangría roja, roja, en cubas llenas de hielo y rodajas de limón. Y fue invitado al convite, a participar de aquel ágape con todos los honores, como uno más del pueblo.
En su vida había comido unos chorizos tan tiernos y sabrosos, deliciosamente condimentados, de chuparse los dedos y rebañar el plato con las migas de pan en la salsa sobrante. Y la sangría, sobre todo la sangría, aderezada con alcohol, le ponía el puntito alegre a la parranda.
Se sentía como en su casa. Mejor aún. Tan cómodo se hallaba entre aquella gente, que decidió quedarse. Parecía un lugar de gente amable, sana y agradable y le picaba la curiosidad de desvelar el propósito que le había llevado hasta ese rincón, confirmar o desmentir los rumores que corrían.
Conoció a una mujer que le pareció muy linda, a la que cortejó, amó y vivió un noviazgo de unos meses y con la cual acabó contrayendo matrimonio.
Cada cierto tiempo, en la tasca se celebraban festejos.
De aquel matrimonio nacieron dos hijos mofletudos y coloradotes y la dicha se hacía monotonía, sin nada resaltable, excepto los días de celebraciones en la tasca, cuando todo el pueblo celebraba algún que otro acontecimiento.
Su trabajo como arriero le llevaba estar muchos días alejados del pueblo, en el camino, buscando otros lugares donde trapichear y mercadear sus montones de leña arrancadas al bosquecillo cercano de donde se aprovisionaba para su venta posterior y era por este motivo, por lo que no andaba muy atento a los acontecimientos sociales de su pueblo, a pesar de llevar siete años viviendo en él, aparte de las historias de comadres que le contaban su esposa y su señora suegra, quien acudía a visitarles casi todos los días y mostraba un amor de madre hacia su hija rayando en lo paranoico, permaneciendo cuando el marido no estaba, en su propia casa.
Pero un hecho luctuoso vino a entristecer la dicha del arriero. Su esposa cayó enferma, unas calenturas la habían cogido y se habían ensañado con ella. El marido no se apartaba, ni de día, ni de noche de su lado, y tenía descuidado su trabajo. Un día que el marido vio que una ligera mejoría asomaba a su rostro, partió del pueblo a vender la leña, no sin llevar consigo un atisbo de preocupación en su rostro por el estado desmejorado de su amantísima esposa.
Al regreso, dos días después, no halló a su mujer ni a sus hijos en su casa como era costumbre a aquellas horas, sino que encontró en su lugar a su suegra ,embutiendo carne picada en tripas, la cual al verle aparecer hablole de esta manera:
- Aquí tienes, querido yerno, unos buenos hilos de chorizos y encima de la mesa un consomé para chuparse los dedos. Hoy podremos tener celebración en la tasca.
¡En el pueblo, la gente no se moría, los mataban antes!
Y luego de matarlos, se los comían.
El arriero, horrorizado al oír y ver aquello en boca de la madre de su esposa, la cual adoraba a su hija incluso más que él, decidió escapar del pueblo como alma que lleva el diablo, llevándose consigo a sus dos hijos.
Al cruzar un arrollo, cogió a uno de ellos bajo el brazo y al otro se lo cargó sobre sus espaldas, al tronchín, para de esa manera mejor cruzar al otro lado.
El que iba montado a la espalda, cuando iban a la mitad del charco, exclamó :
- ¡ Qué buen pescuezo tiene padre para hacer consomé !
Y el padre, en ese mismo instante, allí mismo los ahogó a los dos mientras exclamaba:
- ¡ Conque para consomé, eh, para consomé ¡
1 comentario
white -